UABJO: elegir rector en medio de un conflicto que no termina
Por Arturo Tapia
IxM en el IISUABJO
El próximo 13 de mayo, la comunidad de la UABJO elegirá a su nuevo rector en medio de un ambiente marcado por acusaciones, tensiones y movilización de grupos. A simple vista, podría parecer una elección universitaria más. Sin embargo, lo que está en juego va mucho más allá de un cambio de autoridades: este proceso pone al descubierto una crisis acumulada que combina problemas financieros, disputas internas, tensiones en torno a la autonomía y una forma de gobernanza que, desde hace años, no ha logrado resolver sus conflictos de fondo.
La elección de rector en la UABJO, prevista para el 13 de
mayo, no es un episodio aislado ni una simple contienda entre proyectos
universitarios. Es, más bien, la expresión más reciente de una crisis acumulada
de gobernanza que la institución arrastra desde hace años: una trama donde
confluyen disputas internas, presiones sindicales, fragilidad financiera,
tensiones en torno a la autonomía y una persistente incapacidad para construir
acuerdos de reforma. Leer esta elección como un relevo administrativo sería un
error; lo que está en juego es si la universidad logra —o no— salir del ciclo
de conflicto que ha definido su funcionamiento reciente.
La UABJO no es una institución detenida ni vacía de
contenido académico. A pesar de los conflictos recurrentes, en su interior se
desarrollan actividades de docencia, investigación, vinculación social y
formación profesional que sostienen su función pública y su relevancia en
Oaxaca. Programas académicos, iniciativas culturales, proyectos de extensión y
esfuerzos de innovación muestran que existe una comunidad activa que mantiene
viva la universidad en condiciones adversas. Sin embargo, esa vida académica convive
—y con frecuencia queda subordinada— a una dinámica estructural de conflicto
que atraviesa a la institución: disputas entre grupos, tensiones sindicales,
problemas financieros y decisiones políticas que inciden directamente en su
funcionamiento cotidiano. El resultado es una universidad que opera, pero lo
hace bajo presión constante, donde la estabilidad no es la regla sino una
condición frágil que puede romperse ante cada nuevo episodio de confrontación.
La situación actual de la UABJO no puede entenderse sin
revisar el punto de inflexión que representó la crisis de 2020. En ese momento,
la universidad enfrentó una combinación crítica de problemas financieros,
laborales e institucionales que paralizaron su funcionamiento. El retraso en el
pago de salarios a miles de trabajadores, la acumulación de deudas, los laudos
laborales y la falta de liquidez colocaron a la institución en una situación
límite. A ello se sumaron paros, huelgas, tomas de instalaciones y bloqueos que
interrumpieron las actividades académicas y administrativas durante semanas.
Los sindicatos —divididos y en competencia entre sí— jugaron un papel central
en este proceso, presionando mediante distintos repertorios de acción mientras
disputaban reconocimiento y control. El resultado fue una universidad en
“jaque”, incapaz de sostener su operación cotidiana sin recurrir a
negociaciones constantes, apoyos extraordinarios y acuerdos parciales que,
lejos de resolver el problema, lo pospusieron.
En el fondo de esta crisis recurrente se encuentra un
problema menos visible, pero decisivo: la fragilidad de los mecanismos
financieros y administrativos de la universidad. Durante los últimos años han
salido a la luz deficiencias en la trazabilidad del gasto, presiones derivadas
de compromisos laborales que no siempre cuentan con respaldo presupuestal, y
una dependencia estructural de subsidios públicos que llegan condicionados a
criterios de disciplina financiera. Las auditorías federales, así como las revisiones
estatales, han puesto en evidencia la necesidad de ordenar la nómina,
transparentar el uso de recursos y establecer controles más claros en la
gestión. Sin embargo, estos procesos de fiscalización se enfrentan a
resistencias internas y a un marco normativo que resulta insuficiente para
regular con precisión el funcionamiento administrativo de la universidad. Así,
la crisis financiera no es solo un problema de recursos, sino de reglas: sin
mecanismos sólidos de control, rendición de cuentas y planeación, cualquier
intento de estabilización termina siendo temporal.
La autonomía universitaria ocupa un lugar central en este
escenario, pero no de manera unívoca. Por un lado, es un principio fundamental
que protege a la universidad de injerencias indebidas y garantiza su capacidad
para definir su rumbo académico. Por otro, en contextos de debilidad
institucional, puede convertirse en un argumento que dificulta la
implementación de mecanismos de rendición de cuentas y de reforma
administrativa. La discusión en torno a auditorías externas, controles
financieros y posibles intervenciones muestra esta tensión con claridad:
mientras algunos actores defienden la autonomía como un límite frente al poder
público, otros señalan la necesidad de fortalecer la supervisión para corregir
problemas estructurales. En ese cruce, la autonomía deja de ser un concepto
abstracto y se convierte en un campo de disputa, donde se confrontan visiones
distintas sobre cómo debe gobernarse la universidad y bajo qué reglas debe
operar.
En este contexto, la elección rectoral del 13 de mayo no
puede leerse como un simple relevo en la conducción institucional. Se trata de
un punto crítico en el que convergen las tensiones acumuladas en los últimos
años: la disputa entre grupos internos, la presión por ordenar las finanzas, la
fragilidad de las reglas de gobernanza y la incertidumbre sobre el alcance de
la autonomía. Más que una contienda entre trayectorias personales o propuestas
académicas, la elección expresa una disyuntiva más profunda: la continuidad de
un modelo basado en la negociación permanente y el conflicto recurrente, o la
posibilidad —todavía incierta— de avanzar hacia un proceso de reforma
institucional. En ese sentido, la rectoría se convierte en una posición
estratégica, no solo por su capacidad de gestión interna, sino porque puede
inclinar el equilibrio entre los distintos actores que disputan el control y el
rumbo de la universidad.
El desenlace de esta elección marcará el rumbo inmediato de
la UABJO, pero difícilmente resolverá por sí mismo los problemas que la
atraviesan. Si se mantiene la lógica de acuerdos parciales, negociación
constante y competencia entre grupos, el conflicto tenderá a reproducirse, como
ha ocurrido en el pasado. Si, en cambio, se abren espacios para una reforma
institucional que atienda de manera simultánea la dimensión financiera,
laboral, administrativa y de gobernanza, podría iniciarse un proceso distinto,
aunque no exento de resistencias. La decisión no recae únicamente en quien
resulte electo, sino en la capacidad de la comunidad universitaria y de las
autoridades públicas para construir reglas más claras, mecanismos de rendición
de cuentas y acuerdos duraderos. De lo contrario, la universidad seguirá
operando bajo un equilibrio inestable que limita su desarrollo y reduce su
potencial como institución clave para Oaxaca.


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