El caso de Anahí Sarmiento y la normalización de la violencia en las redes digitales

 


Por Arturo Tapia

Investigador por México (SECIHTI) en el IISUABJO


Estos días una publicación en redes digitales representa a Anahí Sarmiento en un auditorio, bajo una proyección y el siguiente encabezado: «Cómo titularse rápido de la UABJO sin estudiar». El texto agrega: «Dando cátedra nuestra SECRETARIA DE LA SEP», acompañado de corazones y un agradecimiento a la universidad. Facebook identifica la pieza como contenido de inteligencia artificial. Al revisarla, mostraba 160 comentarios y 558 compartidos.

La escena convierte una acusación en entretenimiento. Su circulación invita a preguntarnos cuándo una crítica a una actuación pública se transforma en una agresión a la dignidad de la persona. El caso también permite examinar cómo estamos haciendo habituales ciertas formas de humillación, especialmente contra las mujeres.

Lo que sabemos del caso

El 29 de septiembre de 2026, Salomón Jara anunció el nombramiento de Sarmiento como secretaria de Educación Pública de Oaxaca. Desde ese día circularon cuestionamientos sobre su formación y experiencia. 

El 15 de octubre presentó su examen profesional en la UABJO; después se difundieron acusaciones de rapidez excepcional y de un examen a puerta cerrada.

La información de la asesora de tesis, recogida por Isidoro Yescas en una columna de opinión el 20 de octubre, respalda la existencia del expediente académico: Anahí egresó de sus estudios en el 2012 y obtuvo certificado de estudios y carta de pasante en el 2013. Había casi concluído la tesis antes de su nombramiento. Yescas reporta que el examen fue público y que aún faltaba expedir el título.

El expediente no resuelve por sí solo si recibió prioridad administrativa. Esa pregunta merece transparencia, pero ninguna irregularidad justificaría las insinuaciones o el desprecio por su apariencia y posición social que se han mostrado en las redes. 

De la búsqueda sin resultados a la condena

Una pantalla del registro de cédulas reaparece en publicaciones de Facebook e Instagram: «No se encontró información para los criterios de búsqueda especificados». Algunas cuentas la acompañaron con afirmaciones que reunían ausencia de título, falta de estudios e incapacidad profesional. Confundían estudios concluidos, examen aprobado, expedición del título y registro de la cédula.

Los comentarios ampliaron el relato: escolaridad incompleta, títulos comprados, sobornos y plazas cobradas sin trabajar. Se sumaban acusaciones. Distintas páginas publicaron textos prácticamente idénticos; otras reutilizaron fotografías y consultas.

Brian Weeks explica que nuestras emociones y convicciones previas influyen sobre la elección de qué información aceptamos. Una acusación puede parecer cierta porque coincide con lo que ya creemos sobre un tema, por ejemplo. También la familiaridad de una afirmación repetida muchas veces puede favorecer su credibilidad.

Cuando la crítica cambia de objeto

La indignación por la cortedad de los tiempos administrativos podría tener motivos atendibles. Algunos egresados contrastan sus años de espera con la rapidez atribuida a la funcionaria. Pero las expresiones degradantes no esclarecen un procedimiento: ofrecen a la persona como objeto de desprecio. Un comentario en redes afirma que, el título no le quitaría «lo ignorante y lo naco». Bien visto, ninguna acreditación o prueba documental podría satisfacer un comentario de esta naturaleza. 

En otras publicaciones aparecen insinuaciones de que el cuerpo constituye una credencial para llegar al cargo. El supuesto examen privado sirve para una burla. La duda administrativa se convierte en una escena sexual imaginada. Se activa así un inaceptable prejuicio antiguo: explicar la autoridad de una mujer mediante su disponibilidad sexual.

Otros mensajes que se leen en redes cuestionan su ropa y su apariencia. El rechazo alcanza también a familiares y participantes. La controversia reúne entonces agravios distintos y los dirige contra una persona cuya trayectoria deja de importar para quienes ya la consideran indigna. 

La humillación como forma de participar

Las redes ofrecen nuevas maneras de expresar prejuicios que ya existían. Un doble sentido, un emoji o un montaje vuelven breve y compartible una descalificación. La autora Debbie Ging muestra cómo los memes pueden producir incluso pertenencia: participar en un bullying digital permite reconocerse entre quienes entienden el chiste y comparten una mirada. Son verdaderas comunidades creadas en torno a una burla. Comunidades digitales para la hostilidad.

Por su parte, Tina Askanius estudia cómo el humor y la ambigüedad facilitan la circulación de mensajes agresivos y permiten presentarlos como bromas. Su investigación se refiere a organizaciones neonazis suecas, un contexto actoral distinto al que analizamos aquí, pero con el mismo mecanismo comunicativo: una acusación que puede incorporarse como premisa de un chiste y quedar fuera de discusión mientras se celebra su ingenio.

Por su parte, Joseph Walther propone que agredir puede generar aprobación entre quienes participan. Las respuestas y reacciones pueden recompensar una ocurrencia y favorecer nuevas variaciones. A este respecto, las publicaciones en redes no revelan las motivaciones individuales, pero sí muestran intervenciones degradantes que reciben reconocimiento visible. La crueldad puede volverse una forma de integración al grupo. Se agrede para pertenecer a la comunidad digital.

La política: entre la visibilidad y el descrédito

En varios comentarios, el caso se convierte en una condena general a Morena, la 4T o toda la clase política. A este respecto, Sean Fischer y Yphtach Lelkes llaman polarización afectiva al rechazo de quienes pertenecen al campo contrario. El concepto ayuda a preguntar cuándo dejamos de evaluar actuaciones y atribuimos a una persona todos los defectos de su grupo o de su partido.

Por otro lado, es claro que la visibilidad digital contribuye a construir o a destruir reputaciones políticas. Para quienes compiten por un cargo, atraer la atención en redes puede ser decisivo; pero gobernar exige responder a necesidades que exceden la aprobación inmediata de los públicos digitales. 

Las redes contienen demandas valiosas, apoyos y agresiones, pero no representan por sí solas a toda la sociedad. Escucharlas requiere distinguir denuncias, preguntas y ataques, pero la persistencia del insulto y del ruido digital banaliza el deber de explicar decisiones, corregir errores y ofrecer documentos. Las redes se desacreditan como medio para que los gobernantes capten demandas sociales legítimas.

Libertad y responsabilidad

Las redes amplían la capacidad de informar, denunciar y coordinar acciones. Pero también permiten colaborar en la degradación mediante actos pequeños. Para quien comparte un meme, la intervención dura segundos; sin embargo, sobre la persona expuesta se acumulan imágenes y acusaciones. En este sentido, la libertad de intervenir en el espacio público implica responsabilidad debido a lo que ayudamos a circular y a hacer emerger como clima social. ¿Podemos llegar a ser una sociedad del linchamiento?

El caso de Anahí Sarmiento documenta expresiones sexistas, desprecio social y burla. Las publicaciones en redes no permiten medir la opinión pública, demostrar una campaña coordinada ni establecer efectos personales sobre la víctima. Sin embargo, sí permite examinar prácticas que pueden favorecer la normalización de la violencia al repetir descalificaciones, celebrarlas y convertirlas en entretenimiento.

Las responsabilidades frente a la tarea de construir una sociedad más pacífica son variadas. Los usuarios de redes pueden comprobar antes de replicar mensajes para no abonar en la humillación de ninguna persona; los medios deben respaldar sus propias afirmaciones y responder por sus montajes. Las instituciones deben explicar sus decisiones, y las plataformas, atender las agresiones.

En definitiva, hay que preguntarnos ¿Qué conductas estamos recompensando al participar en la burla o en el linchamiento digital? Podemos cuestionar las decisiones del gobierno, pero considero que debemos hacerlo preservando la dignidad de las personas. Una democracia necesita autoridades que respondan por sus actos y una ciudadanía que no convierta la humillación en el precio a pagar por ocupar cargos públicos.


 

Fuentes académicas

Debbie Ging, «Memes, masculinity and mancession» (2017). Sobre humor, pertenencia y lecturas compartidas.

Tina Askanius, «On Frogs, Monkeys, and Execution Memes» (2021). Sobre humor, odio y ambigüedad.

Jordan McSwiney, Michael Vaughan, Annett Heft y Matthias Hoffmann, «Sharing the hate?» (2021). Sobre cultura visual y circulación de imágenes.

Robin L. Nabi y Jessica Gall Myrick, editoras de Emotions in the Digital World (Oxford University Press, 2023).


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